
Un conocido principio del Budismo se basa en el desapego de todo aquello que amamos. Si amas a alguien dejalo libre, es algo que hemos escuchado hasta el cansancio. Sabemos que cuando en verdad amamos, deseamos que esa persona sea feliz. Y a veces, esa felicidad te excluye por completo de su mundo.
Doloroso ejercicio para nosotros que hemos distorsionado el concepto del amor desde el principio.
Nuestra cultura es egoísta, se adorna con las flores amarillas del narcisismo y elige el éter del consumismo para sus aliviar sus dolencias diarias.
Pero el amor es diferente a todo esto y finalmente lo aprendemos de la peor manera, comprobando que nada es suficiente cuando lo que te falta en la vida es amor. Léase, amor en cualquiera de sus formas, pareja, familia, amigos.
No hay ornamento, puesta en escena, investidura que no oculte esta necesidad. Todos buscamos amar y ser amados.
Es un hecho que tiene una base biológica. Nada germina correctamente sin la bibración del amor, sin el contacto humano.
Esa búsqueda de comprensión y aceptación que comienza en la infancia y nos acompaña hasta la muerte.
Somos concientemente egoístas, cuando sabemos que aquella persona que tanto necesitamos no nos necesita a nosotros, pero insistimos, punzamos, asqueamos con el lastimero personaje que podemos llegar a crear.
Cuando amamos pero no aceptamos... ¡ Y somos capaces de herir a ese otro exigiéndole que cambie por y para nosotros ! olvidamos que el verdadero amor jamás exprimiría un ser de esta manera.
Hace años un conocido historietista llamado Milo Manara retrató de la manera más cruda y real esta flaqueza del ser humano. A través del sexo ironizó acerca de nuestro afán de poseer a la persona deseada. Por medio de una intervención quirúrgica se implantaba una especie de dispositivo eléctrico en el interior de la vagina de una mujer y funcionaba, por supuesto, a control remoto. El mismo pasaba por numerosas manos que daban pie a situaciones inesperadas, ridículas pero siempre obscenas, con tal de satisfacer esa incontrolable lujuria que "alguien" despertaba en su interior.
Seamos sinceros, aun estamos en el precámbrico de nuestra evolución. Porque cuando amamos a alguien deseamos poseerlo, y aqui comienza nuestro erial de espinas.
Alguien, en algún lugar del mundo activa el control... quien sabe las locuras de las que eres capaz...
Qué lejos estamos del amor.
