Cuando nos conocimos continué siendo fiel al más inamovible de mis principios: la sinceridad.
Comprendi que habia llegado el momento cuando me hablaste de las ganas que tenias de volver a verme, y como llegaste a contar las horas, aquella vez, hasta el próximo encuentro.
Vos escuchaste mi confesion con tu habitual compostura. Luego hubo un silencio, y te echaste a reir. Dijiste que de lo único que debia preocuparme en aquel momento era de la cena que nos esperaba, humeando sobre la mesa de uno de nuestro restaurantes favoritos.
Yo me senti indignada. ¡Te estaba diciendo toda la verdad, y no me creiste!. Pero luego, el transcurso de la velada fue ablandando el enojo, y pensé que, bueno, que ya no somos niños, que cada uno sabe lo que hace....y me quedé dormida con una calma inusual, en el cine.
Pero todo comenzó luego del cumpleaños de Laura, aquella noche de otoño en la cual brindamos una y otra vez, bajo las estrellas. Habíamos tomado tanto que tuvimos que aceptar el ofrecimiento de tu hermana para traernos casa.
Entre risas y tambaleandote llegaste a la cama, y ahi te desplomaste. Yo quise ducharme antes y ya bajo el agua caliente senti esa certeza de lo inevitable. Luego camine descalza hasta la habitación. Te contemple dormido y me senté a tu lado. Respirando profundamente, tome una de tus manos blanquísimas y sin pensarlo, me la lleve a la boca.
Al día siguiente estabas furioso. Pasaste la jornada sin hablarme. Solamente al anochecer cediste a expresar la furia de comprobar que el mundo no estaba preparado para mancos.
Ni mancos, ni cojos, ni tuertos, la verdad.
Fue un largo invierno. Los del servicio meteorológico explicaban que teniamos la temperatura más baja registrada en años. Sin embargo yo sentia calor. De día, de noche, un calor insoportable. Asi que empecé a usar el kimono amarillo, esa especie de bata de hilo, la única prenda que no me cortaba la circulación. Aumenté más de 40 kilos en 6 meses. Ya ni siquiera podía usar zapatos, asi que opté por las ojotas de goma, en mayo.
En la oficina comprendieron que fuera a trabajar en ese estado, aunque me sugirieron, discretamente, que dejara de atender al público. De una semana a la otra me habian rehubicado en un deposito mugriento, lleno de papeles viejos y enmohecidos con los que me abanicaba resoplando desde mis 120 kilos. Pero no me angustiaba la situación. Ya no podía dejar de pensar en tus muslos, tus cintura, tus glúteos redondos...la dicha que me esperaba al volver a casa.
_ "¿ Y tu novio? hace tiempo que no lo veo por acá"_ me pregunto ayer el supervisor del turno mañana.
No supe que contestar, apenas pude disimular el eructo que me infló las mejillas de repente.
Comprendi que habia llegado el momento cuando me hablaste de las ganas que tenias de volver a verme, y como llegaste a contar las horas, aquella vez, hasta el próximo encuentro.
Vos escuchaste mi confesion con tu habitual compostura. Luego hubo un silencio, y te echaste a reir. Dijiste que de lo único que debia preocuparme en aquel momento era de la cena que nos esperaba, humeando sobre la mesa de uno de nuestro restaurantes favoritos.
Yo me senti indignada. ¡Te estaba diciendo toda la verdad, y no me creiste!. Pero luego, el transcurso de la velada fue ablandando el enojo, y pensé que, bueno, que ya no somos niños, que cada uno sabe lo que hace....y me quedé dormida con una calma inusual, en el cine.
Pero todo comenzó luego del cumpleaños de Laura, aquella noche de otoño en la cual brindamos una y otra vez, bajo las estrellas. Habíamos tomado tanto que tuvimos que aceptar el ofrecimiento de tu hermana para traernos casa.
Entre risas y tambaleandote llegaste a la cama, y ahi te desplomaste. Yo quise ducharme antes y ya bajo el agua caliente senti esa certeza de lo inevitable. Luego camine descalza hasta la habitación. Te contemple dormido y me senté a tu lado. Respirando profundamente, tome una de tus manos blanquísimas y sin pensarlo, me la lleve a la boca.
Al día siguiente estabas furioso. Pasaste la jornada sin hablarme. Solamente al anochecer cediste a expresar la furia de comprobar que el mundo no estaba preparado para mancos.
Ni mancos, ni cojos, ni tuertos, la verdad.
Fue un largo invierno. Los del servicio meteorológico explicaban que teniamos la temperatura más baja registrada en años. Sin embargo yo sentia calor. De día, de noche, un calor insoportable. Asi que empecé a usar el kimono amarillo, esa especie de bata de hilo, la única prenda que no me cortaba la circulación. Aumenté más de 40 kilos en 6 meses. Ya ni siquiera podía usar zapatos, asi que opté por las ojotas de goma, en mayo.
En la oficina comprendieron que fuera a trabajar en ese estado, aunque me sugirieron, discretamente, que dejara de atender al público. De una semana a la otra me habian rehubicado en un deposito mugriento, lleno de papeles viejos y enmohecidos con los que me abanicaba resoplando desde mis 120 kilos. Pero no me angustiaba la situación. Ya no podía dejar de pensar en tus muslos, tus cintura, tus glúteos redondos...la dicha que me esperaba al volver a casa.
_ "¿ Y tu novio? hace tiempo que no lo veo por acá"_ me pregunto ayer el supervisor del turno mañana.
No supe que contestar, apenas pude disimular el eructo que me infló las mejillas de repente.

4 comments:
A la primera lectura, tremendo.
A la segunda, aplausos.
Mientras que en el medio,
casi un susto.
Lo mejor que has soñado en meses.
Este país necesita culpables.
Besos, cuidate.
Guau, pero cuánto romanticismo suelto hay por aquí...
Hay amantes que son todo colesterol y triglicéridos, ten cuidado.
guau, guau y guau, Onira, qué tal escrito! buenísimo y macabramente enloquecedor, prometo que mañana empiezo en el gym.
Besos desde Lima
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