Cuánto tiempo ha transcurrido desde la última vez que escribi para este blog. Casi no puedo creer la fecha y sin embargo no me parece tanto. El tiempo siempre me engaña un poco.
Pasaron muchas cosas en el medio, por suerte, sería muy triste descubrir que solo me dedique a deshojar almanaques. Hace un mes y medio me mudé. Fue una desición difícil ya que este nuevo departamento está bastante más alejado del lugar dónde trabajo, de modo que cambiaron los horarios y el transporte. Me levanto más temprano y tengo que viajar. Pero estoy muy satisfecha con el movimiento. El lugar es mucho más grande y tengo un pequeño patiecito, mínimo, pero suficiente para alguien que ha vivido en espacios asfixiantes, dentro de edificios en pleno centro. Así que es una alegría para mi, despertarme cada mañana y mientras me visto para empezar la rutina mirar por la ventana mis primeras plantas que de a poquito empiezan a levantarse del cantero.
Ya tengo mucha experiencia en mudanzas asi que rápidamente detecto aquellas imperfecciones que traerán problemas futuros, pero algunas de las cosas que más me convencieron cuando visite el lugar funcionan. Y eso es bastante, ya habrá tiempo para arreglos.
En el medio de todo este proceso, mi papá fallecio de un tumor en el cerebro. Fue una temporada agotadora que terminó con la vida de un ser querido en tan solo tres meses. Extenzas jornadas repartidas entre salas de guardia, sanatorios, oficinas y trámites. Muy triste, muy cansador. Pero aún asi creo que fue rápido, según por dónde se lo mire. Fue muy doloroso presenciar el deterioro de alguien que hasta ese momento se jactaba de su estado físico y su energía y de un momento a otro ya no pudo sostenerse en pie. Fueron semanas. Involucionó hasta un estado casi infantil, con la notable diferencia que implica alimentar, vestir e higienizar a un niño de un adulto de 69 años.
El día en que murió estuve presente, junto a su esposa y uno de mis hermanos. Luego de unas cuantas horas de agonía se agitó un poco y dejo de respirar. Recuerdo la sensación de incredulidad, de angustia. Pero también recuerdo que su expresión había dejado de ser una mueca de dolor. Sentí que por fin había dejado de sufrir y que, sea cuál sea el proceso que ignoramos, algo se libera, se corta, se evapora. Fue la primera vez en mi vida que estuve frente a un cadáver y la clara sensación que experimenté fue la de estar frente a un envase vacio.No era un cuerpo cualquiera, era mi padre, una de las personas con la compartí la mayor parte de mi historia, y sin embargo, no era él. Algo faltaba y es algo que nunca volvio a aparecer.
Esta experiencia me ha dejado mucho más que dolor. No importa cuále sean tus creencias personales respecto a la vida y la muerte, nunca senti tan claramente la certeza de ese "algo más". No soy creyente ni religiosa, de modo que no puedo darle un formato más ordenado al tema pero de seguro muchas personas comprenderán a que me refiero. Una de las cosas de las cuáles mi padre nos hablaba cuando eramos chicos, era acerca de la energía que las personas, los animales, las plantas y las casas traian consigo. Creía en los buenos y malos espiritus y cómo acercarlos o alejarlos de nuestros espacios. Siempre fui el personaje escéptico de la historia pero me encontré a mi misma quemando incienso en las habitaciones la primera noche que pase en el lugar. Sonriendome a mi misma por la ironia me encargué de buscar una buena música para acompañar el improvisado ritual de purificación. ¿Será cierto que las mudanzas movilizan todas las energías y habilitan nuevas puertas? En fin, nada que perder, mucho por descubrir.
Y entre otras cosas acerca de las cuáles ya tendré tiempo de escribir, sentí una necesidad imperiosa de dedicarme a la vida y todo lo que ella trae consigo ya que, sin ninguna duda, cuando el momento llegue, el equipaje permanecerá de este lado.
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