Ayer empecé el día de una manera muy desagradable. Había pasado la noche entera sin dormir a causa de una contractura en la espalda. Y para cuando sonó el despertador me encontró dura y con la expresión muerta, como un espantapájaros. Anduve penando toda la mañana. Sobre todo porque odio tomar analgésicos, prefiero evitarlos a toda costa. Sé que solo ocultan el dolor un par de horas pero el problema sigue ahí. Aun así caí en la trampa, no podía seguir trabajando en ese estado, así que maldiciendo por lo bajo me dirigí a la farmacia. Después del mediodía, una compañera de oficina me preguntó si había visitado alguna vez al masajista. Aquí en donde trabajo hay una masajista disponible que atiende principalmente a los bailarines y a los, gente que trabaja con muchísimo peso y herramientas pero que puede atender a cualquiera de los empleados. Nunca antes había ido, mis horarios no coincidían con los del consultorio, pero ayer me sentía tan mal que decidí quedarme. Fui a tomar un café para hacer tiempo. La sensación me ilustraba un nudo de músculos inflamados, dolorosos, que hasta parecían hacer presión sobre los huesos. El dolor físico transforma cualquier situación en una insoportable. Cuando vi al masajista confieso que tuve un poco de miedo. Enorme como una heladera de las viejas. Pensé que iba a salir con una bolsita de huesos en la mano pero afortunadamente me equivoqué. El hombre, muy cálido, me dijo que me olvide de todo, ni siquiera me preguntó demasiado. Una simple camilla, algo que parecia vaselina y una estufita eléctrica encendida. Con los primeros masajes vociferé un poco, es cierto, pero era ese dolor "placentero" como la fricción instintiva que nos damos después de un golpe. En unos minutos ya sentí alivio... un placer. Se aflojaron de a poco las cuerdas que me estrangulaban las vértebras. Y me volví a casa con esa sensación de "paliza terapéutica". Sentía el dolor de una parte del cuerpo que había estado inflamada todo el día pero que comenzaba a soltarse lentamente. Ya se habían acomodado las piezas y los dolores desaparecían de a poco.
Al llegar decidí darme un baño y acostarme. Ya bajo el agua caliente sentí el agotamiento de un cuerpo que había pasado el día atravezado por el dolor y cuando me tiré en la cama me quedé completamente dormida. Hoy me desperté feliz, con ganas de hacer cosas.
Ahora, entre mi lista de hombres ideales, a la par del "El cocinero" figura "El masajista" jajajjaja

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