Anoche tuve un sueño que me llevó muchos años atrás, a una época muy intensa de mi vida. Si bien a la hora de elegir los mejores recuerdos de mi historia, siempre me remontaré a mi infancia dichosa, mi adolescencia fue un cóctel de los explosivos.
Fueron años sin matices intermedios y cada una de las tonalidades que colorean la postal son particularmente intensas. Los sentimientos estaban divididos. Fue la época en la cual mis padres se divorciaron de una manera muy poco civilizada. Mis hermanos y yo nos vimos envueltos de la noche a la mañana en una atmósfera densa y dolorosa que poco podíamos hacer por modificar.
Y en medio de todo esto surgían momentos increíbles también. Es que la vida y su magia encuentran siempre una rendija por donde colarse a la escena. En aquella época junto a mi mejor amiga de entonces, comenzamos a frecuentar un grupo de chicos que iban al mismo colegio que nosotras. Nos acercamos a ellos porque empezamos a salir con dos de sus integrantes. Luego, en medio de las tormentosas historias de amor estilo Hollywood que cada una estaba viviendo, también los momentos que compartíamos con aquellos amigos se volvieron adictivos. Ayer por la tarde repasaba las escenas que construyeron la visita onírica. Recuerdo que las actividades que solíamos compartir no eran nada más que pasar horas juntos. A veces ni siquiera en medio de conversaciones interesantes. Eso era todo, disfrutar de la presencia de los otros. Noches enteras en las cuales lo único que hacíamos era pasear, caminar durante horas por las calles de nuestro barrio. Y lo hacíamos en invierno, con la cabeza prácticamente envuelta con bufandas de lana, o en verano, apenas vestidas con camisetas delgadas y jeans gastados.
A veces nos apoderábamos de alguna casa, mientras que los padres dormían. Intentábamos no hacer ruido y nos juntábamos en alguna cocina, con la tele encendida a bajo volumen, tomábamos mate y conversábamos horas... Ellos practicaban surf en el verano y andaban en skate y rollers durante el año. Así que veces nos sentábamos en la vereda mientras ellos andaban, toda la noche. O en una pequeña plaza, bajo las estrellas y sobre el césped. El aroma de la marihuana y el alcohol resucitan aquellas veladas con fidelidad de autor. Y las vacaciones olian a parafina y bronceador de coco.
Todo lo que planificabamos nos parecía maravilloso. Reíamos de exitación y nervios y el entusiasmo por cada cosa que hacíamos era tan placentero que casi no necesitábamos gastar una moneda. Hoy lo pienso y me parece sorprendente. Nos bastaba el mate y prácticamente nada más. Quizás los cigarrillos compartidos y alguna que otra vez algo para comer. Por aquél entonces jamás me hubiera imaginado que me terminaría volviendo una aburguesada amante de la cocina y el café express. La música que elegíamos por aquel entonces sigue causando efecto. Y aunque hoy en día todo en mi mundo haya cambiado, de vez en cuando me escapo de la mano de algún recuerdo, algún aroma o canción me lleva flotando de nuevo a aquellas noches en las que lo único necesario para disfrutar era la presencia de otros, los que en aquel momento elegíamos.
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